Basura en el suelo, cochambre por los pisos, mi nariz llena de mocos –tendré que cambiarme el chip si quiero lograrlo al menos llegar al aeropuerto. La Darling me ha advertido de horrendos fríos. Un sol fracasado no puede con la nieve. Che seguro se atasca el avión en montañas blancas y quedáis cagandote de frio. Inmortalidad… muerte en refrigerador.
En realidad no sé si viajare. Canjeé 60 mil kilómetros de frequent flyer por un boleto de avión, no page nada me salió gratis pues. ¿A dónde? nos les diré porque aun no sé si viajare. Llevo diez días buscando los records de mi boleto. Sospecho que caí en una trampa de la mercadotecnia actual. Moriría de vergüenza si mi viaje no llegara concretarse. Aunque buscaría la manera para realizarlo. Ahora a dos días lejos de ese viaje inesperado o digámosle estancia en los aeropuertos intercontinentales (porque tengo el presentimiento que la nieve impondrá su fuerza) siento que soy un viajero suicida, o pensándolo bien un viajero compulsivo adicto al consumo de viajes de más de 10 mil kilómetros de casa.
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